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Odio en el puerto de Londres

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Cuando vi que Elijah Wood tenía vida más allá de ese poderoso anillo y que en sus ratos libres también le gustaba hacer (lindas) pompas de jabón en sus escapadas a Boleyn Ground, poco o nada sabía sobre la historia del Millwall. Ese club modesto del sudeste londinense abocado a vivir a la sombra de los clubes de prestigio de la capital británica podría ser uno entre tantos si del juego solo tratase el fútbol.

Nunca han ganado un torneo de renombre, nunca han formado parte de la élite del fútbol londinense, ni siquiera han sido capaces de dejarse ver por la Premier League -solo una temporada en la extinta First Division y uno de sus cuestionables méritos es ser uno de los equipos menos queridos del país. De hecho, sus aficionados radicales, considerados de lo más peligroso que uno pueda encontrarse por los estadios de Inglaterra, se recochinean de no caer simpáticos al resto. El “no one likes us, we don’t care” (“no le gustamos a nadie, no nos importa”) es un cántico habitual en The Den, donde son conscientes de su mala fama, por violentos y provocadores, aunque a los del Millwall eso les traiga sin cuidado.

Desde la conclusión de la Gran Guerra, unos y otros se perdieron de vista sobre el campo, pero la enemistad entre las dos aficiones aún tenía muchos motivos por los que ir a peor

La historia de este club tuvo su inicio entre los muelles y barcos del antiguo puerto de Londres en los últimos coletazos del siglo XIX. Ahí, en la conocida como Isla de Perros, en 1885 los estibadores del puerto de la capital británica fundaron el Millwall Athletic. Por otra parte, una década después otro equipo de fútbol también nacía al este de la ciudad. La empresa Thames Ironworks and Shipbuilding Co. Ltd, constructora de barcos, creaba un nuevo club bajo el nombre de Thames Ironworks F.C., que un lustro más tarde pasó a llamarse West Ham United.

Tanto los ‘dockers’ como los ‘hammers’ representaban a la clase obrera londinense y la proximidad entre ambos fue el primer paso para desatarse una rivalidad que aún a día de hoy, y pese a no convivir habitualmente en la misma categoría, sigue vigente y sin síntomas de caer en el olvido. El periodista deportivo Matt Scott destacó hace años que en esta particular enemistad “tanto Millwall como West Ham quieren ser vistos como el más fuerte. Su rivalidad viene de antaño. Por una parte, es algo local, y por otra, es laboral”. Dos clubes de la East End londinense, con unos seguidores unidos por un trabajo que les comprometía a encontrarse cada mañana en el mismo puerto.

Hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, el West Ham-Millwall era todo un clásico del fútbol londinense repetido hasta la extenuación. La primera vez que ambos equipos se retaron en un partido oficial fue el 9 de diciembre de 1899. El Memorial Grounds recibía a los ‘dockers’ en la quinta ronda de la FA Cup ante 15.000 espectadores y los visitantes se llevaron el triunfo y la eliminatoria con un 1-2 en el marcador. Después de ese primer encuentro oficial se sucedieron otros 59 derbis en el este de Londres hasta que el balón tuvo que dejarse a un costado tras el estallido de la Gran Guerra. Desde la conclusión del conflicto bélico, unos y otros se perdieron de vista sobre el campo, pero la enemistad entre las dos aficiones aún tenía muchos motivos por los que ir a peor.

Si la mala relación ya existente empezó por una disputa que pasó de los muelles al césped, a partir de los años 60, precisamente cuando el número de partidos entre Millwall y West Ham menguaron debido a no encontrarse en las mismas divisiones, fue cuando la relación de los dos clubes del este londinense inició su peor convivencia. Dos hechos alejados, en parte, de lo todo que rodea al balón, detonaron el odio en la East End futbolística. El primer motivo lo trajo una huelga general de los trabajadores de la metalurgia que no todos los implicados cumplieron. Los estibadores seguidores del Millwall se sumaron a la huelga. En cambio, los del sector del metal, a los que les tiraba más el granate y azul del West Ham, decidieron lo contrario y siguieron acudiendo a sus puestos de trabajo, un gesto que no gustó a los ‘dockers’. Se sumó otro motivo a su rivalidad, y si ya había tensión entre ambas aficiones, esta cuestión sucedía justo en los mismos tiempos en los que el hooliganismo arraigaba con mayor fuerza en Inglaterra con la llegada del Mundial de 1966 disputado en el país que vio nacer el fútbol.

En la década siguiente, en los 70, cuando la explosión definitiva del hooliganismo en el balompié inglés ya era un hecho, la hinchada más radical del West Ham creó la Inter City Firm en 1978. Y en la Isla de los Perros también nacieron los Millwall Bushwackers. El fútbol pasaba a un segundo plano, básicamente porque ya no se veían las caras en el césped, y la violencia, las peleas y las palizas pasaban a cobrar toda la atención en el este de Londres. Un lugar que espera con ahínco la próxima vez que Millwall y West Ham vuelvan a encontrarse en un estadio, porque se sumarán 100 encuentros oficiales entre ellos. Quizá para la gran mayoría de sus aficionados sea un partido ilusionante, aunque para muchos será la excusa perfecta para demostrar su odio a los estibadores o a las (no tan lindas) pompas de jabón que le gustaba soplar a Frodo.